La novia de Tamakún

Crónica basada fielmente en el artículo original «La novia de Tamakún» del periodista Filiberto Pérez Carvajal, publicado en el Periódico Invasor.

La novia de Tamakún: De la tierra roja a la gloria mundial

Cuenta la historia de nuestro pueblo que, entre los surcos de caña, también nacen leyendas. Precisamente, hoy queremos recordar cada detalle de la vida de Ramiro Andrés Martínez. Para nosotros, él siempre será el eterno Tamakún de Cunagua.

La tierra roja y el abuelo visionario

Para empezar, debemos viajar al año 1941, justo el año en que nació nuestro protagonista. En Cunagua, la tierra parece sangre y el trabajo en el cañaveral exigía doblar el cuerpo una y otra vez. Se sudaba mucho y se cobraba poco.

Cuando el niño iba para los nueve años, su abuelo avistó el futuro. De hecho, lo miró y lo imaginó muy lejos del machete, de la guataca y del duro traqueteo del central. Sabía que estaba destinado a algo más grande.

Por eso, comenzó a llamarlo como el héroe de la radionovela que transmitía la R.H.C. Cadena Azul. Así nació el apodo del Tamakún de Cunagua. El abuelo soñaba que su muchacho sería un justiciero valiente, lejos de los pesares del ingenio.

De los diamantes a la oferta de 5000 dólares

Más adelante, aquel niño creció y llegó a La Habana. Su estatura y complexión impresionaban a todos. En primer lugar, se forjó como un temible «slugger» defendiendo la primera base en el béisbol.

Además, en el Nacional Juvenil de 1960, fue una pieza clave para que la novena de Mantilla se coronara campeona. Este triunfo lo llevó directo a la Serie Mundial Juvenil en Caracas, Venezuela.

Allí, como cuarto bate, ayudó a doblegar a las Antillas Holandesas en el debut. Sin embargo, una lesión empezó a molestarlo. A pesar del dolor, salió a jugar maltrecho porque el mánager se lo pidió. Finalmente, terminaron detrás de los anfitriones.

Por supuesto, su talento llamó la atención. Los scouts del béisbol profesional le ofrecieron un contrato de 5000 dólares. Su familia, que no quería que fuera soldador del central como su padre, prefería que estudiara. Al final, nuestro héroe recapacitó, sin saber que otra pasión lo esperaba.

El baloncesto: La verdadera novia del ídolo

Mientras tanto, en los recesos de los torneos de béisbol, el baloncesto le ganó el pulso. El balón rebotaba perfecto en sus manos grandes. Aprendió rápido, destacando por su puntería lejana y su gran defensa.

Rápidamente, se erigió como el gran ídolo de la afición de Bejucal. Había caído en un cerco amoroso con las canastas del que jamás escaparía. Luego, lució con orgullo el uniforme de los Caribes de la Universidad y el número 10 de la selección nacional.

«De la tierra roja de Cunagua no solo brota azúcar, también nacen gigantes que tocan el cielo con las manos.»

Por el mundo con las cuatro letras

En poco tiempo, el Tamakún de Cunagua asistió a tres Juegos Mundiales Universitarios. Primero fue en Sofía, Bulgaria, en 1961. Dos años después, en 1963, viajó a Porto Alegre, Brasil, de donde regresó con el subcampeonato (plata).

Posteriormente, en 1965, jugó en Budapest. También dejó su huella en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Estuvo en Kingston (Jamaica) en 1962, y luego en San Juan (Puerto Rico) en 1966, donde ganó el bronce irradiando talento.

Allí mismo, un aluvión de aplausos lo premió cuando vencieron a los mexicanos. Era algo que Cuba no lograba en juegos múltiples desde 1946. A pesar de todo, no siempre hubo victorias; en el preolímpico de Yokohama en 1964, quedaron quintos y el sueño de los cinco aros se esfumó.

El legado de los mosqueteros avileños

Para concluir, la década de 1960 unió a los tres grandes mosqueteros del deporte del norte avileño. Estaban Omelio Borroto de Morón, Miguel Montalvo de nuestro propio municipio Bolivia, y por supuesto, Tamakún.

Hoy en día, Ramiro Andrés Martínez vive en la inmortalidad. Su leyenda sentó las bases para los triunfos que años más tarde nos darían «Los Búfalos» avileños. Él demostró que el sacrificio y el coraje de nuestra gente no tienen límites.

Llevando el Batey contigo

Ciertamente, trayectorias como la de nuestro Andrés nos recuerdan de qué estamos hechos los cunagüeros. Esa voluntad de hierro, forjada entre el batey y el central, es la que nos inspira a no rendirnos jamás.

Por esa razón, nuestros diseños deportivos rinden un humilde homenaje a estos héroes locales. Son prendas hechas para resistir la vida diaria, llevando siempre el orgullo de nuestra historia en el pecho.

¿Conocías todos los detalles de esta leyenda de nuestro terruño?

Como homenaje a la pasión deportiva de Tamakún y a la fuerza de nuestra gente, te sugerimos esta selección de gorras para que lleves tus raíces a todas partes:

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