Agosto de 1963: Testimonios de una madrugada de angustia en el Batey Cunagua

Agosto de 1963: Testimonios de una madrugada de angustia en el Batey Cunagua

Nota del editor: Este artículo es una colaboración para nuestro archivo histórico, basado en la investigación y entrevistas realizadas por la periodista y colaboradora de este proyecto, Delicia Leyva Morales.


El 15 de agosto de 1963 es una fecha que quedó marcada en la memoria de los habitantes más antiguos del batey del central Cunagua (hoy municipio de Bolivia, Ciego de Ávila). Alrededor de las 5:00 de la madrugada, la tranquilidad habitual se rompió por el sonido de una aeronave y un suceso que pudo haber cambiado la historia de la localidad.

Según los registros y testimonios recopilados, una avioneta —identificada en las fuentes originales como perteneciente a la organización MIRR— sobrevoló el poblado y lanzó dos bombas de 50 libras.

Gracias al trabajo de rescate de la memoria oral, contamos con los relatos de cuatro testigos que vivieron esa madrugada. Sus voces nos transportan a los momentos de tensión e incertidumbre que vivieron las familias del batey.

El despertar bajo el ruido de ametralladoras

Andrés Gutiérrez Gutiérrez recuerda claramente el momento en que se despertó. No fue el avión lo primero que escuchó, sino el sonido de una ametralladora, presumiblemente disparando desde una garita de las Milicias hacia la aeronave.

Siguiendo las instrucciones rápidas de su hermano mayor, la familia buscó refugio inmediato debajo de las camas y las mesas para protegerse. «Aquella angustia duró como 10 o 15 minutos», rememora Andrés sobre los instantes en que el avión pasó sobre el barracón donde residían.

Por su parte, Oscar Padrón Mesa, conocido cariñosamente como «Cucurucho», tenía nociones de defensa. Su reacción fue proteger a los niños de la casa, escondiéndoles y dándoles una instrucción curiosa pero útil para proteger los oídos ante la presión de una posible explosión cercana: morder un lápiz.

El hallazgo en el patio: Una bomba sin detonar

Al amanecer, la tensión dio paso al descubrimiento. Oscar Padrón y un vecino notaron un olor extraño en el ambiente, similar a pólvora quemada, y vieron humo en un patio cercano. Al acercarse a curiosear, encontraron una de las bombas enterrada en la tierra.

El artefacto había caído a escasos dos metros de donde dormían los niños de la familia Gutiérrez.

La maestra Concepción Acosta Aquino, que en aquel entonces tenía solo 17 años, describe la impresión que causó el tamaño del dispositivo: «la parte que quedó al descubierto tenía casi un metro de largo».

Las autoridades locales acordonaron la zona rápidamente hasta la llegada de especialistas desde Camagüey. Según relata Andrés Gutiérrez, los zapadores explicaron posteriormente que la bomba no explotó porque una de sus aletas se había averiado al chocar con el propio avión durante el lanzamiento, lo que evitó la detonación al impacto.

A continuación, compartimos un video de archivo de la época donde se pueden apreciar las imágenes del artefacto encontrado y el trabajo de los especialistas en el lugar:

Cortesía de Luis Miguel Hermida Hidalgo

La explosión en el Reparto Ballina

Mientras una bomba quedaba enterrada, la segunda sí llegó a detonar. María Caridad García Martínez, conocida como «Callillo», residía en el reparto Ballina y vivió el pánico del estallido.

Recuerda despertarse abruptamente con la explosión, que ocurrió en el patio de una casa vecina que en ese momento estaba deshabitada. La fuerza de la onda expansiva causó daños materiales en la vivienda cercana, haciendo que los objetos colgados en las paredes cayeran al suelo.

Al aclarar el día, los vecinos encontraron restos dispersos por la zona. María Caridad describe haber visto alfileres, zíperes, trapos y alambres regados por todas partes, detalles que sugirieron a los expertos que se trataba de un artefacto de fabricación casera.

Afortunadamente, a pesar del lanzamiento de los dos artefactos sobre la zona poblada del batey, el suceso no provocó pérdidas humanas. El hecho quedó registrado en la prensa nacional en la edición del 17 de agosto de 1963 del periódico Revolución. Estos testimonios permanecen hoy como prueba de la resiliencia de la comunidad de Cunagua ante una noche que nunca olvidaron.

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